Me gusta salir a caminar de noche, abrigado por los cálidos reflejos de las luces que mantienen con vida las calles de la ciudad. Si realmente sabes de que forma mirar, los destellos que salpícan te conducen hacia inimaginables horizontes. Y aunque a veces, distorcionan la realidad, a menudo te muestran increibles historias, sin necesidad de que te las cuente un aburrido taxista, que ha perdido la esperanza de vivir sus propias aventuras, o un vagabundo desdichado, cuyo único consuelo para su soledad, son aquellas historias que la misma ciudad permite descubrir durante las horas de vigilia.

Después de ir de aquí para allá, una alejada y tenue luz me precipita hacia uno de los lugares más oscuros y alejados de la ciudad, a un bar que en realidad no frecuento, pero que deseo conocer, por tratarse de un refugio sombrío y alejado de los ruidos habituales de la noche. Apenas uno o dos tragos y luego me iré a casa. No porque esté cansado, ya que nunca duermo, sino porque estoy convencido de que allí, nada encontraré que libere mi alma de sus instintos más profundos.

Mi llegada, despierta sin querer la mirada de algunos de los que todavía se mantienen alerta. En la barra principal del antro, un fortachón, que seguramente ha bebido algunas copas de más, discute con una joven y esbelta señorita. No logro oir una palabra, pero sus gestos elocuentes y algunas señas convenientes, me permiten adivinar que el motivo del pleito es un elegante caballero, sentado a escasos metros con una llamativa mujer de mayor edad.

Tengo demasiada sed para seguir los hilos de la historia, pero intuyo que la noche terminará para ellos, mucho antes del amanecer. Detesto el sol; Y tal vez por eso me refugio en las conflictivas y abrumadores noches de la ciudad, a la espera de un suceso fortuito que me libere de la terrible maldición que me acecha…

En otros tiempos, un vaso de agua y una aspirina habrian calmado ésta interminable jaqueca, pero ésta noche, ninguno de los remedios que la medicina prescribe podría curar mi enfermedad.

De repente una voz aguda extremece mis sentidos – Que vas a tomar? – Es la voz de una camarera, a escasos centímetros de mi oído izquierdo. No puedo evitar realizar un gesto de dolor involuntario. Trato de no mirarla fijamente a los ojos, pero ella insiste preguntando: – Se encuentra bien?… – Necesita algo? -

…Si realmente ella supiera lo que necesito, terminaría por huir despavorida lo más lejos posible de aquel sórdido lugar. Apenas levanto la vista hasta la altura de sus negras y apretadas calzas y le contesto que todo está bien. ¿Deseas tomar algo – insiste!. Uff, otra vez!. No!. Está bien.

Una vez más me inmiscuyo en los pensamientos de los jóvenes amantes que están sentados en la barra, justo en frente de mi. No logro reconocer en sus gestos una sola palabra, pero se con total seguridad que es lo que sienten. El bravucón está celoso de su atractiva novia. El hombre maduro y bien acompañado que, cada tanto, la observaba disimuladamente, ha logrado persuadirla esa misma noche para que se aleje del jóven atleta y acuda a sus brazos experimentados, tal vez en busca de placeres mundanos. Ella, cree ciegamente en las palabras del hombre que acaba de conocer, imagina que es un filántropo, un amante del buen gusto, al que la fortuna y la dicha le han sonreido durante toda la vida.

Y es así, que tratándose de dinero y lujuria, nadie se salva de ser sometido al abandono prematuro, aun cuando creemos ser inmunes a la soledad. “Celos”; Ese extraño sentimiento del vulgo, que provoca en hombres y mujeres de toda raza y religión, exasperaciones tales que rayan los límites de la cordura. Acaso los seres humanos no comprenden que las personas no tienen dueños y que el verdadero amor no existe sino en los mismísimos confines de la inmortalidad? – Quien haya recorrido los rincones del infierno para rescatar el alma de su amante eterno comprenderá mejor lo que intento explicar. En otro caso, créamne; El Amor de verdad no existe en la vida real.

A dos mesas del lugar en el que me encuentro, una desconsolada mujer se emborracha para olvidar por algunos momentos los problemas de su vida cotidiana y aunque trato de desifrar el motivo de su tristeza, mi creciente apetito me impide adentrarme en su mente. Mi ansiedad empieza a crecer de manera incontrolable y comprendo que solo hay una manera de evitarlo. Me levanto con el mayor de los cuidados y camino lentamente hacia la puerta. Los jóvenes siguen discutiendo ante la mirada encubierta de quien dió lugar a la trifulca. Observo por última vez a la mujer de la mesa. Una lágrima se desprende de sus mejillas y recorre el aire, para luego estrellarse bruscamente sobre el cristal húmedo de una copa de vino. El color de su bebida me recuerda que debo alimentarme, de lo contrario mañana no tendré fuerzas para seguir adelante.

sucuboMe marcho y aguardo en la sobra la llegada de mi próxima víctima. El tiempo de los que no duermen a veces pasa de manera vertiginosa, pero da igual, ya que ni siquiera somos capaces de percibirlo. De repente, una imágen femenina se hacerca, la veo desde lo lejos y reconozco rápidamente el aroma de su piel. Es la mujer de la mesa contigua, aquella cuya pena desconocia. Embriagada en el olvido pasajero de una noche de verano, su cuerpo apenas se iluminaba por las tenues luces citadinas. Llegó a mi lado y me miró a los ojos como rogando en silencio que pusiera fin a su enorme tristeza…

Y al igual que un violento asesino me lancé sobre su cuello en busca de mi plato preferido. El dolor es intenso pero dura apenas unos momentos. Después de eso, los dolores y penas que amedrentan a los hombres ya no existen. Solo existe el vacío. Un enorme y eterno vacío que no logrará ser colmado, ni aún con el mejor de los banquetes.

Emprendo el retorno a mi hogar y me esconderé por la jornada diurna hasta que el sol vuelva a ponerse. Detesto el calor del sol! Pero en realida no le temo. Eso de que los vampiros no pueden pasearse al sol, es sencillamente un mito.